Cuando aún era un niño, allá por la década de los sesenta, acudía regularmente a la biblioteca municipal a leer. Algunas veces me escapaba a la sección de adultos, donde, en vez de cómics, leía libros que estimulaban poderosamente mi imaginación. Uno de ellos, era el manual de “Yoga para todos” de Indra Devi, una maestra que, como su madre, vivió más de cien años. Después de casi cuarenta años de práctica, aún recuerdo con añoranza la sensación que, leer aquel libro que me parecía tan misterioso, imprimió indeleblemente en mi mente infantil.

Como niño enfermizo y retraído que era, siempre me sentí atraído hacia las disciplinas de las escuelas orientales. Y fue poco después de iniciar la práctica del Tai Chi, que me encontré en uno de los retiros con uno de los actuales maestros de la escuela de Sivananda que, por entonces, también iniciaba su vida de yogui. En el entonces derruido monasterio de Carboeiro pasamos muchos fines de semana meditando entre sus piedras con nuestro amigo Madhana Jhoan, uno de los pioneros del Yoga en Galicia. Compartíamos conocimientos, junto con el que era, por entonces, mi instructor de Tai Chi. Entre las piedras de ese monasterio, empapadas de cristianismo, siempre me imaginaba cómo sería una futura disciplina sincrética, resultado de la fusión de la espiritualidad entre Oriente y Occidente.

Me crie en mi tierra, pero recreé en el lejano Oriente, impulsado como tantos de mi generación por el Viaje a Oriente de Herman Hesse. No hay como viajar tan lejos, como para echar de menos, ya desde el primer día, lo que siempre se tuvo tan cerca. Y no hay nada como retornar de uno de esos largos viajes, como para saber cuan profundo es el estrecho valle en que pasé mi niñez, cual Adrián Soloivo en “Arredor de Si”, un libro de los no pocos que han marcado mi destino.

Los muchos que allende viajaron, dicen que se retiraron y renacieron en su otro Mas Allá budista, taoísta o hinduista. Pero yo, como siempre, aquí y allí, distante de tópicos topográficos, soy más ajeno a una sabiduría del pasado que se expande lentamente hoy, ya desde el Sol Naciente hasta nuestro entrañable “Solpor”. Creo que, aun sin haber despertado del todo, algún día renaceré aquí, en esta Terra Nosa en la que me están reiniciando mis hierofantes del pasado.

Por China anduve, y por Egipto también pasé; mas si de todo ello algo aprendí, es que la Sabiduría Perenne, es hoja no caduca del Árbol Eterno del conocimiento, que siembra ese fruto que solo prende en las sempiternas llamas de las consciencias despiertas y ávidas del saber. Ella, nada sabe de abolengos ni tradiciones, de tópicos ni de transmisiones y menos de territorios y comarcas, pues el Conocimiento, como el sincretismo, es uno. Si alguna reivindicación tengo, apenas esa sea, pues todas las demás son caducas y de rancio abolengo me parecen.

Años después, ya como estudiante de la universidad de Santiago de Compostela, a principio de los años ochenta, seguí en contacto con esta y otras escuelas. Una de ellas, era el Yoga Iyengar, dado que este maestro era el tutor del famoso líder espiritual Jiddu Krishnamurti, uno de los maestros a cuyas charlas, años después, acudiría años entusiastamente, siempre que podía, durante mis estancias en Suiza.

Meditaciones, maestros, cursos y lecturas siempre me acompañaron en mis viajes. Inquieto por los numerosos interrogantes que me planteaba la práctica del Yoga y otras disciplinas semejantes. Así viajé incansable, entre Oriente y Occidente, por varios países, en busca de respuestas.

Practicante de disciplinas provenientes de culturas muy dispares, siempre estuvo presente en mi mente la idea de una disciplina universal, que unificase la práctica de todas y disolviese las diferencias doctrinales y sectarias. Pero mezclar el Yoga, de origen hinduista y budista con el Tai Chi, el Qi Gong taoísta o la meditación Zen japonesa, no prometía ser una empresa fácil.

Sin un patrón coherente que seguir, durante muchos años proseguí mi práctica por separado de los diversos “Yogas” y disciplinas anexas. Sumido en una espiral ecléctica, donde no dejaba de ver esto como una especie de “plato combinado”, un popurrí de diversas técnicas difícil de conciliar, por sus doctrinas divergentes. Desde donde comprendo hoy, veo que me encontraba, como en la actualidad, todos aquellos practicantes de disciplinas diversas sin algo que las unificase: algo así como un “sistema operativo” común. Dar con este paradigma fue siempre mi afán.

Pero, para ello, era insuficiente una mera mezcla o eclecticismo. Era necesaria navegar más profundo y encontrar las raíces o fuentes de donde emanan todas las disciplinas mente-cuerpo. Por supuesto la fuente sin duda es la propia Naturaleza, por encima de lo que diga o piense cualquier escuela o doctrina. Siempre pensaba de este modo, contrariamente a lo que, aun hoy, opinan muchos de mis colegas de profesión, que me consideraron siempre una especie de “hereje” del Tai Chi y el Yoga. Hereje tal vez, pero a mucha honra y cada día más convencido de que tomé el buen camino, pese a la oposición de alguno de mis maestros, reacios a romper con los cánones de las tradiciones.

En este tiempo practiqué y enseñé por separado estas escuelas, pero siempre sin perder de vista mi meta inicial: una práctica integral de todas ellas: el Yoga Universal, un Yoga de la Tierra y no sólo de la India. Estudioso desde los setenta de las fuentes Gnósticas, en una ocasión, siendo estudiante de la universidad, me encontré con ese libro entrañable de Dion Fortune, “La Cábala Mística”. En uno de sus capítulos, ella denomina literalmente a la Cábala, “el Yoga de Occidente”. Este hallazgo, como una brújula, supuso para mí un punto de inflexión en la práctica. Así, inicié a mis diecisiete años, de las manos de mi entrañable maestro Kabaleb (Enrique Llop), el estudio de la Cábala, que hoy forma parte de los fundamentos del YOGA TAIKI.

Siguiendo ese hilo conductor, alimentado por numerosas lecturas, viajes y experiencias, hace muchos años llegué a la conclusión de que la Meca del conocimiento no eran ya aquellos países Orientales que recorrí, sino algo mucho más cercano: la Naturaleza, la verdadera y última fuente fiable de todas las tradiciones. Y, el modo más eficiente de dialogar con ella es, sin duda, la meditación. Es Ella, divina o terrena, como una Diosa que está siempre inspirando a todas las enseñanzas y doctrinas. Teniendo en cuenta que existen unas setecientas definiciones de Yoga, se las denomine o no con esta palabra de origen sánscrito, todas ellas son, en el fondo, Yoga. La unión de todas ellas, es el Yoga de los Yogas. En un futuro no muy lejano esta disciplina nacida en Oriente, será con todo rigor un patrimonio de la Humanidad.

Para diferenciar en nuestra escuela entre los diversos tipos de Yoga clásico y el Yoga Universal que postulamos en esta obra, denominamos a este: YOGA TAIKI.

El término sánscrito Yoga significa “unión”. Un concepto muy próximo al de TAIKI, que en japonés hace referencia, por una parte, a la atmósfera, eso que no es de nadie y lo envuelve a todo el Mundo; el aire o energía que todos respiramos. Por otra parte hace referencia al Tai Chi chino:  (Tai)“grande, grande, supremo” y  (Ki)“luminosidad, brillante”.

El YOGA TAIKI es, en último término, esa fuente última o suprema de la que emana toda armonía. Decir “Taiki” es, por antonomasia, hablar de unidad, de unión. Y el primer paso para expresar esa unión, es estudiar toda la posturología del cuerpo humano y, viendo el YOGA como un árbol, entender que todas estas escuelas no son sino ramas de este tronco común, que no emana de ningún punto de vista particular, sino de esa Fuente Única, la Gran Madre.

Aunque de origen hindú, siendo hoy algo de toda la Humanidad, debemos estudiarlo y practicarlo no solo desde sus orígenes étnicos o históricos, sino desde lo universal, lejos de fronteras geográficas o doctrinales. Aunque somos conscientes de que muchos no opinan así, este es nuestro salto de fe.

Nuestro primer paso ha sido elaborar una taxonomía de movimientos y asanas con una estructura que obedece a diversos criterios, tanto energéticos como anatómicos. También es importante el simbolismo, pues el Yoga no es sólo una técnica de control mente-cuerpo, sino también un sistema de expresión corporal. Finalmente, puede decirse que es un lenguaje iniciático. Esto último no implica algo sectario, sino aquello que nos reinicia, nos recupera y nos renueva como personas.

“Todo es Yoga, caminar por la calle o dormir es Yoga”. Esto me lo decía Don Emiliano, un simpático personaje que conocí en mi juventud. La idea de unión que expresa este término abarca a todos los aspectos de la vida, por ínfimos que nos parezcan. En consecuencia, este lenguaje hecho de posturas, gestos y símbolos no sólo está concebido para su posterior incorporación en la vida cotidiana, sino también para aprender y extraer elementos de ésta. Después de todo, si la unidad es Yoga, vivir en armonía también lo es. Es eso que se inicia en la sala o ashram y se termina en el trabajo, o en la vida personal.

Cada nivel es como un plano de conexión con la realidad, o como un círculo, una esfera en la que la cosas y su energía se perciben mediante las posturas, los gestos y, como no, con los centros de percepción (los chakras). Un “circulo” en Yoga puede implicar desde un nivel de conocimiento, hasta una mera rueda de amigos que practican juntos, un modelo de socialización que traspasa fronteras de estatus personales o ideologías políticas.

Durante mi estancia en Palma de Mallorca en los años noventa, pude conocer a un polémico maestro, el apodado por mi amigo Mikel, por entonces profesor de Yoga en esta ciudad, “el otro Krishnamurti” o, más histriónicamente, “el gurú de la ira”: U.G. Krishnamurti. Aunque su “no doctrina” se sale de todos los cánones del Yoga clásico, acudiendo a alguna de sus explosivas charlas, pude entender mejor algunas partes doctrinales que se me escapaban, como es el caso de la filosofía Advaita.

Durante ese mismo viaje, en una estancia en Pollensa, una vez más gracias a Mikel, tuve el privilegio de asistir a un oficio religioso conjunto entre el Dalai Lama y el arzobispo de la diócesis. Después, los cincuenta invitados fuimos recibidos en el claustro donde el Lama dio una charla acerca del amor. Antes de la ceremonia pudimos ver como los monjes hacían un mándala con arenas de colores y luego lo soplaban a los cuatro vientos. Todo un ejemplo de sincretismo cultural, religioso y simbólico.

El YOGA TAIKI es, ante todo, unión, fusión, sincretismo no solo entre persona sino con la Naturaleza: conexión entre el Cielo y la Tierra. El problema de descubrir un sistema semejante es entender la relación que tienen los jeroglíficos y matrices simbólicas de las diversas escuelas, cada una de ellas derivada de una doctrina o religión diferente y con enunciados no siempre compatibles entre sí. En uno de mis viajes en Suiza me di cuenta de este problema, viendo que tenía los mismos quebraderos para conciliar las diversas escuelas de Artes Marciales que practicaba. Sin un paradigma sapiencial o simbólico sobre el que plantear ese sincretismo, era imposible lograr una práctica de Yoga que no fuese más que un totum revolutum.

Después de pasar dos duras experiencias: un colapso debido a una complicación causada por una estancia extrema en la posición del loto a mis 17 años y, después de rehabilitarme de un tumor a los 45, que casi me postró en una silla de ruedas, me di cuenta de que el Yoga no sólo es imprescindible como herramienta para prevenir enfermedades y como rehabilitación, sino también como recuperación; es un nivel básico es la vuelta a la normalidad después de la dura rehabilitación. Esta disciplina está conectada con todo, y su misión fundamental es la recuperación no solo del cuerpo sino de la persona. Fue en la cama del hospital donde pude vislumbrar cual era la clave para ese paradigma del YOGA TAIKI, ese tronco común en el que todas las ramas del Árbol encajan y se concilian.

Años antes, al realizar una aleccionadora experiencia con pacientes de un hospital psiquiátrico de Compostela, me di cuenta de cómo a través de la práctica del Yoga y el Tai Chi puede ayudar a reducir la medicación de pacientes con diversas patologías, como anorexia, bulimia, ansiedad, depresiones, etc. Más tarde colaboré con mis monitores con la recuperación de pacientes del Proyecto Hombre, con muy buenos resultados. Alguno de esos pacientes fue más tarde monitor de Yoga en nuestra escuela.

En lo que se refiere a la línea china, especialmente el Tai Chi, uno de los maestros que más influyó en mí, pese a no haber tenido la suerte de conocerle en persona, fue Al Huang, el autor de “La Esencia del Tai Chi!”. Su visión interdisciplinar de este arte, como un pintor, un músico o un escultor se refleja muy bien en esta obra y ha sido siempre una luz para la mía. Un amigo mío que estuvo con él, me decía: “Hacer Tai Chi con este hombre mientras cantamos opera, es toda una experiencia”. Como homenaje a este maestro, hemos realizado algunas sesiones de Tai Chi o Yoga acompañados de nuestro entrañable maestro del violonchelo, Carlos García Amigo. Bach, el violonchelo, la Flauta Silenciosa y muchas otras melodías (no necesariamente de la India), son una constante inspiración para nuestra práctica. No solo es lícita esta interdisciplinariedad entre artes diferentes sino aún más, si cabe, entre artes semejantes. Cuando estamos danzando con ellos, me recuerda ese idilio artístico-sincrético que había entre Krishnamurti, Iyengar y el famoso violinista Mehuin.

En 1994, después de volver de mi segundo viaje a China, durante un seminario de Tensegridad en Los Ángeles al que fui invitado por Concha Labarta (redactora de la revista Mas Allá), conocí personalmente a Carlos Castaneda. Pese a llevarme un profundo desengaño, gracias a esta idea, comprendí que no todas las excentricidades relatadas en sus libros estaban del todo fuera de tino. Con un valor más literario que real, fue toda una inspiración para mí al igual que para muchos escritores y terapeutas famosos.

Tensegridad, esta palabra sacada de la Arquitectura, evoca muy bien parte de la idea de un paradigma: la integridad no solo estructural de un cuerpo, sino también integridad energética. Este es un principio fundamental en el YOGA TAIKI, al que, por alejarnos de las connotaciones sectarias que este escritor plasmó en ese ejercicio, denominamos Sintergia. Este término alude al vínculo energético común que se crea entre el espacio corporal y la conciencia del ser humano. Pura arquitectura del movimiento y de la conciencia, eso es el YOGA TAIKI y, por ende, cualquier auténtico Yoga.

A lo largo de mi vida como yogui enseñé esta disciplina a altos cargos militares en Alicante, a directivos de la Nestlé en Galicia, a los discípulos de Castaneda en Madrid y a profesores de enseñanza básica en diversos colegios donde ejercí mi carrera de Magisterio como uno más de ellos. En esos años, conocí a un maestro cabalista (Enrique Llop, alias Kabbaleb) que proyectó en mi psique, como ningún otro, las bases del gnosticismo y de la Cábala. Hoy el Árbol de la Vida es uno de los  “mándalas” fundamentales del YOGA TAIKI. Kabaleb murió joven, pero en mí, como en otros, quedan vivas sus enseñanzas como un tesoro que, igual que sus hijos, custodio con devoción.

La Sintergia es la plena integridad del cuerpo la energía y la consciencia, puro flujo de creatividad y armonía. En la ciencia se habla de que todo es materia y energía. Nosotros, como muchos otros, aunque desde una categoría que no pertenece en como tal a la Ciencia, preferimos decir que todo es materia, energía y consciencia; o cuerpo, mente y espíritu. No se entiende el YOGA TAIKI sin la Sintergia, como no se entiende el estudio del Yoga sin la Energía ni la consciencia; esta es interacción perenne entre microcosmos y macrocosmos. Por otra parte, en lo que se refiere a su dimensión sapiencial, se define por su finalidad como la búsqueda de la realización de la plena Individualidad (el “Sí Mismo”), eso de lo que tanto se habla en la Filosofía Perenne Universal. En este vínculo del interior con el exterior, reside la esencia de la asana y la respiración, alineando así la conciencia de ambos mundos, en un campo perceptivo o conciencia acrecentada, al que en esta escuela denominamos Campo Sintérgico. Es en ese campo donde primero se diferencian y luego se unen o, mejor dicho, se armonizan el yo mundano con el “Si Mismo” o Individualidad.

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